Nacionalismo progre contra aperturistas: la campaña de «vendepatria» que dejó sin proyecto a la Ley de Tierras
Envalentonado tras el triunfo de la campaña contra la Ley de Tierras, el kirchnerismo cree haber hallado la veta para tachar al gobierno de «cipayo vendepatria» y tapar su identificación con la inflación, la corrupción y el atraso. Pero el giro nacionalista no es inocuo: contamina la escena de intolerancia y enturbia la discusión de los temas que la política debe resolver.
El kirchnerismo festeja: cree haber hallado una veta para dejar atrás su sensación de inferioridad moral frente al mileismo mejor que la corrupción de Adorni y Libra (finalmente, dos pavadas al lado de los escándalos de la señora): el argumento nacionalista, para tachar al gobierno de «cipayo vendepatria». Pero eso no es inocuo para la democracia.
En nuestros debates públicos, frecuentemente izquierda, progresismo y lo «nacional y popular» son usados como si fueran sinónimos. Aunque no son lo mismo, se mezclan muy seguido. Y en los últimos tiempos más todavía: es habitual que se los intercambie en el curso de una conversación, o el desarrollo de un argumento.
Sobre todo, les suele suceder a quienes se identifican con los espacios supuestamente superpuestos a los que así se alude. Probablemente porque para ellos serían términos igualmente enfrentados con otro conjunto de supuestos sinónimos: derecha, reacción, conservadurismo, lo «antinacional y antipopular».
Pero esto no es así para la mayor parte de la gente que, en cambio, se ubica en el espacio del centro a la derecha: muchos de ellos se consideran favorables al progreso, al cambio y contrarios a las actitudes que consideran retardatarias y reaccionarias, que identifican precisamente en la izquierda; y por supuesto, consideran que sus ideas son tan o más favorables a los intereses del «pueblo» y «la nación» que las de sus adversarios.
La cuestión nacional
De esto resulta una dificultad para el diálogo e incluso para la mínima tolerancia entre nuestras familias políticas en pugna. Lo que en particular es preocupante cuando se moviliza la «cuestión nacional»: porque tachar al contrario de «antinacional», «vendepatria», «cipayo», etc., tiene una connotación mucho más lapidaria y excluyente que simplemente tildarlo de «reaccionario», lo coloca fuera de la comunidad legítima, lo candidatea para ser purgado con todo entusiasmo, como si fuera un virus que nos ataca y nos enferma.
Se podría decir que esto es fruto de una «polarización en espejo», porque son tantos los derechistas que hoy descalifican a las izquierdas, como los izquierdistas que hacen lo propio con la derecha. Y a la luz de los discursos del Presidente y sus secuaces hay que admitir que esta última queda, a este respecto, tan mal parada, o peor, que sus contrincantes.
Pero lo cierto es que en la conversación pública el lenguaje «antizurdos» que vienen intentando instalar los mileistas como sentido común de sus simpatizantes, y de la sociedad en general, parece haber penetrado en ellos, al menos hasta aquí, bastante menos de lo que esperaban. Y mucho menos de lo que, con la contracara, siguen consiguiendo sus adversarios.
Una victoria en la batalla por la narrativa
Se pudo comprobar en estos días cuando ambos bandos quisieron usar la cuestión nacional en su provecho, pero uno salió mal parado y el otro victorioso: Milei asoció la supuesta «campaña antiargentina» al final del Mundial con el progresismo global e intelectuales y políticos woke, pero su argumento no movió el amperímetro, ni siquiera en las redes donde habitualmente más gravita su palabra, y tan es así que el tema pasó rápidamente al olvido; en cambio el kirchnerismo tildó de «vendepatria».


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