Los últimos años de San Martín: la vida del «bello anciano» y las enfermedades que lo aquejaron

Coetáneos americanos y europeos dejaron testimonio de cómo era el Libertador en su etapa final, tanto en el carácter como en lo físico, y de las dolencias que marcaron sus últimos días.

Mucho se ha hablado sobre las enfermedades del Libertador. Durante los años de la Campaña de los Andes, varios amigos temieron por su vida. Sin embargo, San Martín murió mucho después, a los 72 años, una edad bastante avanzada para la época.

El certificado de defunción nada dice de las causas de su fallecimiento; tampoco se han conservado constancias médicas de los profesionales que lo atendieron a lo largo de su vida.

Frente a este vacío de datos, Mario Dreyer (1912-2005), médico del hospital de Clínicas y profesor en la UBA, reconstruyó la historia clínica de San Martín en el libro Las enfermedades del general don José de San Martín (Academia Nacional de Ciencias, 1982), del que surgen los datos que siguen.

San Martín padecía de asma, gota y úlcera, siendo esta última la más probable causa de su muerte, según Dreyer.

En las tres afecciones tienen una fuerte incidencia los factores psicosomáticos: se desencadenan o agravan por el estrés; no hace falta abundar en los muchos motivos que tuvo San Martín a lo largo de su vida para hacerse “mala sangre”.

Pese a ello, dada su trayectoria profesional, iniciada en el ejército español a los 12 años, las incomodidades y rigores de la vida militar, las muchas veces que estuvo en el campo de batalla y las escasas ocasiones en que solicitó días de reposo, no puede decirse que San Martín fuese una persona con mala salud.

Los “ataques de sangre”

La úlcera, cuyas primeras manifestaciones registradas datan de 1814, era descripta como “ataques de sangre” en la terminología de la época. Eran crisis recurrentes, alternadas con períodos de remisión, sin síntomas.

En enero de 1816, San Martín le escribía a Tomás Godoy Cruz: “Un furioso ataque de sangre y en su consecuencia una extrema debilidad me han tenido 19 días postrado…”

Uno de los médicos que lo atendía, el cirujano del Ejército de los Andes, Juan Isidro Zapata, llegó a escribirle en julio de 1817 a Tomás Guido, amigo íntimo de San Martín, una carta alarmante: “Preveo muy pronto el término de la vida apreciada de nuestro general, si no se distrae de las atenciones que diariamente le agitan…”.

“El cerebro –sigue diciendo Zapata-, viciado con las continuas imaginaciones y trabajos comunica la irritabilidad al pulmón, al estómago y a la tecla cerebral, de donde resulta la hematoe o la sangre en la boca (…). El mismo origen tienen sus dispepsias y vómitos, sus desvelos e insomnios y la consunción que va reduciendo su máquina. Empeñe usted toda su amistad para que este hombre todo del público se acuerde alguna vez de sí mismo y que dejando de existir no serviría ya a esa patria para quien debe vivir (…)”.

El doctor Dreyer explica que, en el caso de la úlcera, la hemorragia empieza y termina en forma brusca; y así son los ataques de San Martín. Esta enfermedad tiene tres períodos: uno, de reposo, sin síntomas; un segundo, de actividad, con acidez y dolores cíclicos en la región superior del abdomen; por último, la tercera etapa de la úlcera es de complicación: cuando se produce la hemorragia o la perforación, que puede ser letal.

Por entonces empieza también a manifestarse su tercera enfermedad crónica, que muchos testigos llaman reumatismo. Guido, a quien Dreyer da la razón, es el único que habla de gota. En sus memorias, escribe: “A más de la dolencia casi crónica que diariamente lo mortificaba [trastornos digestivos], sufría de vez en cuando ataques agudísimos de gota, que, entorpeciendo la articulación de la muñeca de la mano derecha, lo inhabilitaban para el uso de la pluma. Su médico, el doctor Zapata, lo cuidaba con incesante esmero, induciéndolo no obstante, por desgracia, a un uso desmedido del opio, a punto de que, convirtiéndose esta droga, a juicio del paciente, en una condición de su existencia, cerraba el oído a las instancias de sus amigos para que abandonase el narcótico (de que muchas veces le sustraje los pomitos que lo contenían)…”

En agosto de 1819, San Martín le escribía a Guido: “Ya estaría en Buenos Aires de no haber sido por un diabólico ataque de reumatismo inflamatorio que me ha tenido once días postrado…”

Esta enfermedad articular se le manifestó a partir de los 39 años; los motivos para hablar de gota y no de reumatismo son las localizaciones del dolor: muñecas, manos y pies. También que, luego de los ataques, recuperaba la movilidad articular y no había deformaciones. En el daguerrotipo de San Martín a los 70 años se ve una de sus manos, sin deformidad.

A partir de estos relatos, Dreyer descarta una falla pulmonar, ya que no se habla de asfixia; solo de debilidad. Y, sumado al hecho de que otros testimonios mencionan que San Martín sintió “frío” en los instantes previos a la muerte, concluye que se trató de un shock hemorrágico causado por la úlcera. Así lo describe: “Bruscamente ha disminuido el volumen de sangre circulante; por lo tanto, sufre una hipovolemia por una hemorragia; la sangre es derivada al cerebro y al corazón, no llega a la periferia, el enfermo siente el frío glacial, pero está lúcido (…) Un instante más tarde, cuando ya la pérdida sanguínea es muy crítica, comienza el padecimiento del órgano más jerarquizado: el cerebro, y pierde el conocimiento, pero antes de morir tiene un movimiento convulsivo, que no es sino la expresión de la anemia cerebral (…)”.

El acta de defunción consigna que San Martín tenía setenta y dos años, cinco meses y veintitrés días al momento de su muerte, verificada “a las tres horas de la tarde en su domicilio, Grande Rue 105”.

Los testigos del acta fueron dos amigos de San Martín: el ya mencionado Javier Rosales, Encargado de Negocios de Chile en Francia, y Adolphe Gérard, abogado y periodista, propietario de la casa en la cual residía el Libertador.

El 21 de agosto de 1850, se publicó un artículo de Gérard que constituye casi una minibiografía exenta de algunas deformaciones de que fue objeto luego la trayectoria del Libertador.

Es evidente que su fuente de información fue el propio San Martín. Sorprende la escasa atención que le prestaron los historiadores a este texto, que contiene referencias a hechos que luego fueron reinterpretados, polemizados o silenciados. Un caso es el de la famosa entrevista de Guayaquil. Gérard refiere lo allí discutido y no habla de “secreto”.

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